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Grandes esperanzas, por Duen Sara Sacchi

No voy a negar que nos escribíamos para quedar, las tres nos acomodábamos en el sofá de casa y veíamos juntas los capítulos online de ‘Orange is the new black’. Los episodios estaban subidos a la red a una sospechosa excelente calidad de imagen. Tampoco voy a negar que una amiga nos advirtió que eso no saldría bien, no lo del sofá de tres sino la creciente angustia que se iba apoderando de nosotras capítulo a capítulo.

Los personajes muestran prácticamente nulas diferencias ideológicas y políticas. Son acríticos, parecen levitar en un espacio que se les ha impuesto o que se han impuesto a sí mismos, según el insistente guion: “Estoy aquí porque tomé malas decisiones”

Pero allí estábamos tarareando muchas noches “remember all the faces…all the voices”, la canción de Regina Spektor ‘You´ve got time’ con la que inicia la serie. A fuerza de tararear íbamos deletreando la canción: c-a-g-e-s, a-n-i-m-a-l-s, n-e-w-s, t-i-m-e…

La serie de televisión fue emitida originalmente en EEUU en la cadena Netflix, sucede en una cárcel de mínima seguridad llamada Lichtfield y relata la vida de las mujeres reclusas en esta prisión ficticia. La protagonista, una flemática rubia de clase media que está comprometida para casarse con un aspirante a escritor, ingresa  a la cárcel por una pena de 15 meses de prisión por trasladar dinero de una red de narcotráfico en la que trabajaba su exnovia, convicta por tráfico de estupefacientes. Sí, leíste bien, ex noviA. Ahora se entenderá la primera reacción adictiva a la serie, las identidades marginales no suelen ser “sobre representadas” en la televisión. Ahí la trampa.

Recuerdo que solía tener un sueño repetitivo en la adolescencia: me besaba con una chica y cuando miraba alrededor había rejas, estaba en una jaula con barrotes de acero que me cercaban, había sido encarcelada. Ahí la angustia.

Los personajes de la serie son múltiples, escritos con cuidado y corrección política liberal. Lo que más destaca en la narrativa y lo hace con propósitos, es la diversidad de pertenencias éticas, raciales y sexuales. Aunque, y eso es un gran propósito de la serie, las personajes muestran prácticamente nulas diferencias ideológicas y políticas. Son acríticos, parecen levitar en un espacio que se les ha impuesto o que se han impuesto a sí mismos, según el insistente guion: “Estoy aquí porque tomé malas decisiones”. Frase que muchas veces he continuado en mi cabeza con la conocida: “Y es aquí donde comienzan a pagarla”, de la serie de los ochenta, Fame. Pero claro, no nos olvidemos que es una serie de televisión, no una novela crítica.

Aquí los topicazos de una larga lista de lugares comunes del combo OITNB :

1- La “red neck” o “white trash” (basura blanca o cuellos rojos frases que refieren a las clases bajas blancas de EE.UU) como fanática religiosa.

2- La hipersexualización, peligrosidad y la justificación de la pobreza y el analfabetismo como si fueran parte de una identidad de las “latinas” y “negras”: la mujer “hispanic” que miente y engaña con respecto a los abusos sexuales (hispánica eres en el país del norte por más que seas comechingona y justamente lo hispánico sea la marca registrada del genocidio de varios pueblos en el continente americano).

3- El apodo de “monkey” a una afroamericana.

4- Las lesbianas masculinas representadas como acosadoras irracionales (“crazy eyes”) y claro, muertas.

Recorriendo la red me impactó mucho el vídeo en loop que subió al twitter Aura Bogado, la autora de una de las primeras críticas de la serie en su artículo ‘White is the new white‘.  Bogado, mientras participaba en la marcha masiva que se realizó en Nueva York después de la absolución de George Zimmerman en relación con el asesinato de Trayvon Martin, se encontró (y junto a ella las miles de personas que participaban en esta manifestación) con un inmenso Billboard que anunciaba el estreno de OITNB. Escribe Bogado: “Había una intensa ironía en la representación ficticia de mujeres negras animando una pelea en la cárcel y cómo una mujer blanca muy rubia se quedaba allí mirando, conmocionada por el horror”. Junto al vídeo, Aura Bogado retuiteó: “Juego de mierda racista W 35 º y 6 º. Esto nunca se termina. Nosotros tampoco. # HoodiesUp”. El tamaño del Billboard nos da una idea no sólo de la cantidad de dinero invertido y lo que se espera ganar con esta producción televisiva, sino el tremendo think tank neoliberal que se avecina sobre nosotras.

Si tenemos en cuenta que la serie está dirigida, producida y protagonizada por mujeres, diremos que tiene “perspectiva de género”. Si tenemos en cuenta las reivindicaciones de los feminismos negros, poscoloniales, transfeministas, etc. pues no, la serie es simplemente un think tank neoliberal

Las criticas más post y más halagüeñas de la serie insisten en la importancia de que esas “mujeres no hegemónicas” aparezcan en un medio masivo, y que toda caricaturización está tamizada en el trabajo narrativo que se hace con cada una de las reclusas-personajes. Eso, reclusas. Ahí la angustia.

¿Realmente se puede sostener la idea de que es bueno que aparezca la multiplicidad, la diversidad de expresiones femeninas y al mismo tiempo justificar todo el armamento ideológico xenófobo, racista y lesbófobo que la serie “dignifica” haciendo visible la existencia de mujeres en las cárceles? ¿De verdad?

La escritora y productora de la serie es una mujer blanca de infinito acceso a medios y educación, y su idea es mostrarnos la multiplicidad del espectro femenino, en la cárcel. En-la-cárcel. La idea de “humanización” de ciertas identidades y expresiones de género según la serie OITNB se realiza a través de un proceso “natural” de la sociedad de la separación entre criminales y no criminales, es decir de criminalización de la sociedad en su conjunto. La institución carcelaria en este sentido, en la serie (cualquier semejanza con la realidad…), se convierte en un espacio público de visibilización, e incluso redención de las injusticias sociales y las desigualdades estructurales de la producción normativa del binarismo sexual, el heterocapitalismo y el acceso a las mercancías del capital. La justificación simbólica en horario estelar del patente e innegable movimiento reaccionario que vivimos actualmente.

Claro, si tenemos en cuenta que la serie está dirigida, producida por mujeres y sus actrices representan a personas asignadas al género femenino, pues sí, la serie tiene una “perspectiva de género”. Si tenemos en cuenta las décadas y décadas de reivindicaciones de los feminismos negros, chicanos, de color, decoloniales, (pos)coloniales, lesbianos, radicales, autónomos, pro sexo, post-pornográficos, transfeministas, queers & cuirs… y el trabajo de artistas, teóricas, periodistas, filósofas, científicas feministas, pues no, la serie es simplemente un think tank neoliberal. Ahí la trampa.

Jack Halberstam, en su libro ‘The queer art of failur’, nos recuerda la importancia de no dejar de hacer preguntas sobre las complejas relaciones entre sexualidad y política en referencia a producir historiografías, archivos y agendas identitarias. Cuestionar críticamente es como una especie de mantra ante la idea muy seductora de que la misma expresión pública o representación de sexualidades no normativas sea en sí y por sí misma un acto revolucionario. Y, por lo tanto, que la representación en el mainstream de la multiplicidad sexual, racial, étnica sea en sí misma y por sí misma, no vamos a decir revolucionaria en el caso de un producto hollywoodense, digamos representativa per se.

Lo que sí es, es política. Las relaciones entre sexualidad, norma y representación siempre son políticas. Y la cuestión es preguntarnos qué agenda política proponen, bajo que parámetros, cuáles son los supuestos, cómo configuran su verdad de representación. Al entretejer sexualidad, género y representación, OITNB parece codificar el modelo político de libertad policial de los estados neoliberales en los que la disidencia civil, la protesta social, la pobreza, la desobediencia sexual son judicializados, patologizados y sujetos a la expulsión simbólica o territorial de la sociedad “normal” a través del confinamiento en instituciones carcelarias, instaurándose esto casi como un paso necesario para la “normalización política”. Ahí la trampa, ahí la angustia.

Fuente: Pikara 

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